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Acaeció que llegando a un lugar que llaman Almorox, al tiempo que cogían las uvas, un vendimiador le dio un racimo dellas en limosna, y como suelen ir los cestos maltratados y también porque la uva en aquel tiempo está muy madura, desgranabasele el racimo en la mano; para echarlo en el fardel tornabase mosto, y lo que a él se llegaba. Acordó de hacer un banquete, ansí por no lo poder llevar como por contentarme, que aquel día me había dado muchos rodillazos y golpes. Sintámonos en un valladar y dijo:

-- “Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos este racimo de uvas, y que hayas del tanta parte como yo; partillo hemos desta manera: tú picaras una vez y yo otra; con tal que me prometas no tomar cada vez mas de una uva, yo haré lo mesmo hasta que lo acabemos, y desta suerte no habrá engaño."

Hecho ansí el concierto, comenzamos; mas luego al segundo lance el traidor mudo de propósito y comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debería hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la postura, no me contente ir a la par con él, mas aun pasaba adelante: dos a dos, y tres a tres, y como podía las comía. Acabado el racimo, estuvo un poco con el escobajo en la mano y meneando la cabeza dijo:

- -"Lázaro, engañado me has: jurare yo a Dios que has tu comido las uvas tres a tres.

--"No comí -dije yo- más, ¿por qué sospecháis eso?"

Respondió el sagacisimo ciego:

--"¿Sabes en que veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a dos y callabas."

Reime entre mi, y aunque muchacho noté mucho la discreta consideración del ciego.

 

También a mi me entra la risa cuando observo cómo tantos personajes públicos, también privados, se tiran los trastos unos a otros por un dime acá y te contesto allá, que cogiste y tu más, que hiciste esto y tu aquello, que no cumples y menos tu, etc., etc., etc.

Pero lo peor de todo es que pocas veces, por no decir ninguna, llega la sangre al rio –perdón, nada de violencia- quería decir que no llega la firma al papel de la dimisión o la declaración de la ‘mea culpa’, o lo que sea…; que se vea que lo que todos sabemos, ellos también, se arregle de alguna manera, que no se repartan las uvas con engaños que ni siquiera engañan. Porque pasa, como en el relato del Lazarillo, que el que hace la norma es el primero en transgredirla, y el que debería denunciarla se sube al mismo carro para hacer de ’si tu dos yo tres’ una nueva norma, y así hasta que se acaba el racimo. Aunque me temo que esas transgresiónes, consentidas por todods implicados, de las normas seguirá en las siguientes ocasiones hasta llegar, muchas veces, a intentar convencer al respetable que los culpables no son ellos sino esos mismos que las denuncian.

Es una pena que tantas y tantas lecciones que nos han dado los clásicos y que antes nos enseñaban en el colegio –no se ahora- hayan dejado tan poca huella en nuestra educación y sobre todo en nuestra ética.

Tag(s) : #Sociedad

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