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LA VIEJA ESTACIÓN

Hace unas fechas, ya bastantes, llegó a mí la noticia de que Renfe, ahora Adif, había puesto en venta o subasta una serie de viejas estaciones de tren, ya en desuso, aunque seguro que con una historia llena de nostalgias y bonitos recuerdos.

No se si la estación de mi pueblo, Cisneros, estaría entre ellas. Por de pronto hace mucho que perdió el título de estación para quedarse con el más humilde de “apeadero”, sin que nadie use ni atienda el imponente edificio antiguo con sus gruesas y vetustas paredes, antaño llenas de vida y ogaño tristes y solitarias.

Hace mucho que no las veo, pero mis recuerdos no los he perdido. Son muchos y diversos, unos los viví en tantas y tantas visitas para cortos viajes a la capital, sobre todo, y otros son de oídas, comentarios de mis mayores pero que los sentía y los sigo teniendo como si fuesen propios.

Entre estos últimos están los que hablaban de épocas de esplendor, cuando unos grandes y espaciosos almacenes albergaban abundantes mercancías de cereales y legumbres, sobre todo, pero también de animales de carga y ovinos, corderos que marchaban para llenar mercados, primero, y mesas vestidas de fiesta una vez muertos y asados.

Seguro que las vías secundarias estaban llenas de vagones donde multitud de obreros se afanaban en cargar y descargar la mercancía o atender al ganado trabajando de sol a sol como era la costumbre de aquellos años y lugares.

Pero son mucho más vivos y abundantes los recuerdos propios que desde pequeño empezaron a amontonarse en mi cabeza. Y es que no era para menos, ir a la estación no era algo cotidiano ni banal. Está nada menos que a unos 3 kms del pueblo. Casi nada para hoy en día y poco para un mayor pero todo un acontecimiento para un chaval de 4 ó 6 años que es cuando empezaron seguramente estos recuerdos. Además ir a la estación significaba visitar la capital y comprar en comercios que se me hacían grandes y lujosos, como lo nunca visto ni imaginable en mi pequeño municipio.

Para entonces ya no había tanto movimiento de mercancías, los camiones ya empezaban a recorrer las carreteras que por entonces empezaban a ser transitables. El ferrocarril empezaba a languidecer. Y la considerable distancia del núcleo urbano lo hacía poco práctico tanto para la mercancía como para los viajeros.

Por el pueblo también pasaba una línea de autobús que no siempre cumplia bien el horario. Creo que solo circulaba uno por la mañana hacía la capital y otro por la tarde de regreso. Eso implicaba que había que estar todo el día fuera y no siempre se podía o se quería. Por otra parte los horarios también eran distintos de los del tren, así que teníamos donde elegir, autobús o tren. Si nuestros padres optaban por el tren teníamos que afrontar el camino de la estación a casa0 o viceversa, casi siempre andando aunque a veces, si había suerte, algún familiar enganchaba el burro o el mulo al carro y nos facilitaba el camino bien de ida bien de vuelta o los dos.

A pesar de la distancia y correspondiente caminata, fuese esta como fuese, a mi me gustaba ir a la estación. El edificio principal, grande y majestuoso, las vías y sobre todo los trenes que se me hacías enormes y monstruosos con esas máquinas echando humo por la chimenea y vapor por todos los lados y los vagones detrás. grandes con esas ruedas de hierro enormes. Todo muy distinto a lo que acostumbraba ver en el pueblo, pequeños carros y poco más. Los pocos coches o el autobús eran accesibles, podíamos acercarnos a ellos e incluso tocar, pero el tren era otra cosa. Por otra parte. ir solos a la estación, sin la compañía de mayores, no estaba al alcance de los más pequeños, las consecuencias podían ser graves. Si se enteraban en casa, y casi siempre lo hacían, la bronca era muy seria, seguro que algo más que palabras.

Ya era un poco mayor cuando, durante algún tiempo, el trayecto entre el pueblo y la estación se podía hacer en coche o furgoneta. Una especie de taxi o microbus que aprovechaba los horarios del tren para sacarse unas pesetas. Era una solución atrayente pero nada segura, porque a lo mejor te hacías a la idea de hacer el viaje hasta el pueblo en coche o viceversa y resulta que ese día el “transporte especial” no acudía a la cita. Cualquier otro viaje u obligación se lo había impedido. A patita, o como se decía con cierto humor, en el “caballo de San Fernando, un rato a pie y otro andando”.

Pero los recuerdos más nítidos y curiosos que tengo son de los viajes que hacía hasta Valladolid, al colegio, ya con 12 años y más. El primero lo hice con mis padres pero los demás los hacía yo solo. Había un tren llamado Mixto y es el que mejor combinación me daba. Me llevaba hasta Venta de Baños y desde allí cogía otro para Valladolid y a la vuelta lo contrario. El Mixto se llamaba así porque tenía vagones para pasajeros y otros para mercancía. El de pasajeros era de los antiguos, son solera y asientos de madera. La primera vez que hice el viaje de vuelta, solo, estuve a punto de bajarme en la estación anterior a la mía, Villalumbroso. Menos mal que al ver que mi padre no estaba esperándome me dio que pensar, recapacitar, mirar, remirar y darme cuenta del error. Como he dicho, tenía 12 años y era la primera vez que viajaba solo. ¡Menudo susto!

Otro recuerdo al respecto está datado uno o dos años después. También haciendo ese viaje, el mismo. Tenía el tren Mixto la mala costumbre de llegar siempre tarde. La locomotora de carbón, vieja y lenta, no solía ser puntual. Pero en la ocasión que rememorado ocurrió todo lo contrario, que llegaba antes de tiempo a todas las estaciones hasta el punto de que en alguna tenía que estar un buen rato parado a que llegara la hora oficial de salida. Fue lo que ocurrió en mi estación. Me bajé y esperé en el arcén un buen rato hasta que me cansé, cargué con la maleta y pasé las vías. Mi padre todavía tardó un rato en llegar.

Lo que había ocurrido es que ese día o el anterior habían puesto en servicio la electrificación del recorrido, o sea, que la vieja máquina de vapor la habían sustituido en otra eléctrica, más moderna y rápida. Y claro, corría mucho más que antes. Creo que la inauguración oficial fue el día siguiente. Y supongo que los horarios los ajustarían a los nuevos tiempos. Bueno, seguramente que ese tren dejó de funcionar muy pronto, de inmediato. No lo recuerdo con exactitud.

Transcurría el año 1962 ó 1963. Nada fue igual desde entonces. Yo me fui haciendo mayor y los trenes demasiado modernos y rápidos. Ganaron en velocidad pero perdieron encanto, como mis recuerdos.

Tag(s) : #literatura

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