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MORIR DE TRISTEZA

En estos días, el 31 de diciembre, se cumplen 80 años de la muerte de D. Miguel de Unamuno. No tengo razones para pensar que murió de tristeza, si es que se puede morir de eso, sin embargo cada vez que recuerdo su aniversario me viene a la mente las circunstancias en que vivió los últimos meses de su vida y no me cabe la menor duda de que fueron muy tristes. Tristes, amargos, dolorosos… Negros en todas sus extensiones.

La vida de Miguel de Unamuno estuvo llena de continuos sobresaltos y contradicciones tanto personales como sociales y más aún políticas. Nunca se dedicó a la política pero estuvo en todos los “cocidos” políticos con los que coexistió. Y fueron muchos y muy trascendentales para su desgracia y la de toda la sociedad con la que convivió.

No voy a hacer un resumen de su vida, ya es más que conocida. Solo trataré de adentrarme en esas circunstancias de su muerte, en esa tristeza que si no le llevó a la tumba si le acompañó hasta la misma.

Luchó como nadie, con su pluma y su léxico, por defender sus ideas y su libertad lo que le ocasionó destituciones y exilios volviendo siempre triunfador. Pero como por encima de todo estaban sus ideas y su humanismo los últimos años los pasó luchando contra todo y contra todos, pasando de un bando a otro según comprobaba que la brutalidad se sobreponía por encima de las bellas palabras de libertad que proclamaban los emblemas de los políticos de turno. Eso inclinó a sus opositores y enemigos, que tenía muchos, a considerarle como un botarate. Nada más lejos de la realidad. Quizá fue el más racional y equilibrado humanista de su tiempo. Eso sí, no se mordía la lengua a la hora de hacer crítica ni de echar en cara a sus compañeros correligionarios provisionales los errores que con horror veía cada vez más de su ámbito.

Los últimos años los vivió, política y socialmente, apoyando primero a la República con gran ilusión y hasta pasión para repudiarla después con el apoyo expreso al levantamiento militar de 1936 al que terminó por denunciar echándoles en cara los excesos y brutalidades que según él estaban cometiendo.

Es muy famosa la frase con la que les "arengó", como colofón a un improvisado discurso en la universidad de Salamanca:

"Venceréis, pero no convenceréis.

La respuesta de los militares no se hizo esperar… pero permitirme no repetir las palabras ni el nombre de quien las pronunció. Son muy desafortunadas y siniestras, tanto la frase como quien la pronuncio.

Y nuestro Unamuno que quedó otra vez depuesto de sus funciones y arrestado en su domicilio en un estado de resignada desolación, desesperación y soledad. Y triste, muy triste por tener que ser testigo de tanta violencia, odio, terror, pavor… entre hermanos españoles en los que siempre había creído. Él que durante toda su vida luchó con la palabra para sobreponerse a la fe religiosa en la que no creía, que antepuso sus ideas a las loas con que quisieron conquistarle, que no cedió ante enemigos muy poderosos que le intentaron arrinconar y anular, que siempre regreso a su adorada cátedra salmantina, se vio en los últimos meses de su anciana existencia aislado en su casa viendo cómo su mundo se venía abajo, por la izquierda y la derecha, junto a todo por lo que había soñado y por lo que había batallado. Triste e impotente.

¿Se puede morir de tristeza?, no lo sé. Pero si hay una posibilidad esa se le puede adjudicar a Unamuno. Se dan casos de personas que se van tras la muerte de sus seres queridos, Don Miguel de Unamuno se fue tras la muerte de su querida nación, esa que había querido y a la que había intentado educar en la libertad y fraternidad.

Tag(s) : #literatura

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