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La beca

Así, LA BECA, se titula un cuento de Miguel de Unamuno publicado en 1913. Lo leí hace mucho pero su recuerdo me ha venido a la mente en estos días políticamente calenturientos en lo que a la educación, sobre todo, se refeiere.

Primero voy a resumir brevemente el argumento del cuento, y es que además de ser un relato corto el resumen se puede hacer fácilmente en pocas frases. Se trata de una familia de un único hijo cuyo padre, flojo y vago, era incapaz de encontrar un trabajo con que llevar a casa las 5 pesetas necesarias para la manutención de la familia. Pero el hijo era un portento y consiguió una beca que les suponía unos ingresos suficientes para ir mal tirando sin tener que perder continuamente el orgullo con la petición de limosnas. El hijo tenía que matarse estudiando, mal comer y peor dormir hasta que las fuerzas flaquearon y terminaron con su vida.

Unamuno escribió este cuento con la intención de enseñarnos cómo, a veces, la familia y la sociedad en general nos exprime hasta la extenuación sin pensar más que en aprovecharnos del prójimo, del subordinado o del que podamos. Descrito con una cierta crudeza pero tan real hace un siglo como ahora.

Quizá la moraleja de Unamuno no coincida del todo con el planteamiento que hice mención al principio, el problema de la educación que tenemos en estos momentos, pero tampoco le aleja del todo.

Hace un siglo, e incluso mucho más tarde, tener una beca era como un premio que se concedía al joven listo y trabajador de pocos recursos económicos. Me gustaría recalcar lo de “premio” porque es por ahí por donde va mi comentario. No solo se consideraba un premio sino que con el mismo llevaba la obligación del eterno reconocimiento y sumisión sobre todo si la beca venía de una institución o persona particular, muy común entonces. Si ese joven llegaba a ser algo en la vida era gracias a esa beca y a quien se lo había concedido y eso no lo podría olvidar nunca, ya se encargarían de recordárselo.

Con el paso de los años la política de concesión de becas fue cambiando de ser un premio a ser un derecho, una obligación del estado, dejaba de ser un regalo para ser una propiedad del joven y un deber del estado. Era una manera de paliar, dentro de sus limitaciones, las diferencias sociales que la sociedad tenía establecidas desde siglos atrás. No dejaba de ser un intento débil pero algo era algo. Cualquier persona podría llegar a ser médico o ingeniero solo con el esfuerzo y valía de su inteligencia sin tener que agradecérselo a nadie. Este ha sido, a mi entender, uno de los logros más importantes de la democracia en general y de los logros sociales en particular.

No hace mucho alguien del gobierno lanzó un ‘globo sonda’ sugiriendo la posibilidad de que empresas, instituciones particulares o similar patrocinasen parte de las becas. Vamos, que volveríamos a considerarlas como una donación, un regalo, una subyugación del becario con el becante. O sea, que volveríamos a hace un siglo. Por suerte creo que ese globo no ha llegado a levantar el vuelo, al menos de momento. No sé si porque los aludidos no estaban por la labor del mecenazgo o porque esperan mejor ocasión.

Otro concepto que se vislumbra en los nuevos cambios es el de que una beca no es una obligación de las instituciones sino un premio que se tiene que ganar el estudiante. En vez de concebirlo como una obligación hacia el estudiante es este el que se lo tiene que ganar estudiando mucho y siendo sumiso. Si no aprueba o se porta mal, castigado. No es que las nuevas leyes lo digan así, pero algunas declaraciones de responsables así lo han dejado entrever.

Visto fríamente puede parecer que es lo mismo que pasaba antes, si no se aprobaban un determinado número de asignaturas perdías el derecho a beca. Si, así era, pero lo que quiero recalcar es que el espíritu de las nuevas normas hace más énfasis en las obligaciones del estudiante que en los derechos. Y detrás de este espíritu está la nueva manera de ver las cosas que intentan imponer, que la beca es un regalo y tienes que ganártelo y no un derecho aunque, por supuesto, también tenga que ganártelo.

La diferencia puede parecer mínima, casi inapreciable, pero hay todo un mundo. Pasaríamos de ser ciudadanos con unos derechos reconocidos a unos súbditos dependientes de los poderosos y de las instituciones.   

Y lo que más duele es que detrás de todo esto está el intento de poner todo tipo de trabas para que las nuevas generaciones no lleguen a puestos hasta ahora reservados por herencia a las mismas familias de siempre o como mucho permitirían acercarse a personas de mucha valía, si, pero lo suficientemente adoctrinadas y sumisas como para que no se salgan de las líneas previamente establecidas, ahora si, por las herencias de décadas y siglos.

Cada persona en general, y sobre todo los jóvenes, tenemos unos derechos y unas obligaciones pero si nos quitan los derechos y nos quedamos solo con las obligaciones nos acercaríamos a la moraleja del cuento, conllevaría el que terminásemos ‘comiéndonos unos a otros’ como dice Unamuno al final del mismo.

Si alguien quiere leer el cuento entero lo tiene muy fácil en:

http://www.facebook.com/note.php?note_id=10151290230912584

Tag(s) : #Sociedad

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