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LA CRISIS ETERNA

La palabra “crisis” es, con mucho, la más usada en los últimos años y sobre todo meses. En cualquier conversación, sobre todo pública, que hable de política y actualidad sale la dichosa palabra. Y no es para menos. He buscado en el diccionario de la RAE y me encontrado con estas definiciones:

  1. f. Cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente.
  2. f. Mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico ya históricos o espirituales.
  3. f. Situación de un asunto o proceso cuando está en duda la continuación, modificación o cese.
  4. f. Momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes.
  5. f. Juicio que se hace de algo después de haberlo examinado cuidadosamente.
  6. f. Escasez, carestía.
  7. f. Situación dificultosa o complicada.

Es decir, que vale para casi toda situación de dificultad o contratiempo, tanto público como privado, social o material. Solo que en los momentos en que estamos viviendo más que de crisis se habla de LA” crisis por antonomasia, dando a entender que no hay otra que merezca la pena mentar o comentar.

Por eso me voy a permitir hablar un rato sobre esta crisis, al fin y al cabo todos tenemos derecho a dar nuestra opinión, aunque no sirva de mucho al menos quedaremos a gusto.

Pero no voy a hacer como los políticos, usarla como arma arrojadiza los unos a los otros acusándose mutuamente del ser los causantes o de no saber buscar la solución. Yo me atrevería a decir que culpables y cómplices lo son todos y a la vez ninguno. Lo son todos porque de un modo u otro todos tienen ciertas cotas de poder y no lo son ninguno porque esta crisis me da la impresión que tiene sus raíces en tierras, más bien lodazares, fuera del alcance de nuestros políticos o quizá también de los otros, los que consideramos líderes de líderes. Creo que ya me entendéis.

Demasiado complicado como para seguir ahondando en este tema, mejor será quedarme con lo que tenemos más cerca, con los ciudadanos de a pié, con nosotros mismos. Con los que padecemos la crisis sin haber hecho nada para provocarla.

Me da mucha pena cuando oído hablar a alguno de nosotros, de los de a pié, con la moral más baja que la suela de una alpargata y con la fe en la recuperación más pisada que esa misma alpargata. (Esto le hubiese gustado a mi antiguo jefe que fue alpargatero). Los políticos, economistas oficiales y empresarios del régimen capitalista nos han ido metiendo, y de que modo, que esto no tiene solución, que nunca volveremos a los tiempos de “bienestar social” no tan lejanos. Y para más inri lo dicen como si ese bienestar se lo debiésemos a sus quehaceres. Vamos, como que nos hubieran regalado un pastel porque quisieron y ahora nos lo quitan porque les parece demasiado. Y todo esto soportándolo día tras día hace mella en cualquiera.

Sin embargo me atrevo a decir dos cosas, que ni somos los culpables de la crisis ni nadie nos regaló nada de ese “bienestar”, ¡que tampoco era tanto! Y sobre todo que durante ese tiempo no vivíamos por encima de lo que podíamos, si quiera los que pedían cuantiosos créditos, ¡como si no nos los cobrasen y de qué manera!  Los que sí vivían por encima de sus posibilidades eran ellos que se enriquecieron a costa de nosotros y ahora se hacen los mártires y para salir adelante vuelven a abusar de nosotros, los que nos ganamos el pan con nuestros propios sudores.

Bueno, creo que me he calentado un poco, pero lo escrito, escrito está. Podría decir más cosas al respecto pero creo que ya está bien.

Como no me gusta alargarme demasiado me gustaría terminar este artículo con un par de reflexiones para intentar insuflar un poco de optimismo. La primera es que si nosotros fuimos capaces de crear ese espacio de bienestar nosotros tendremos que volver a levantarlo, cueste lo que cueste. Y segundo que nunca lo conseguiremos dejándonos llevar por ese pesimismo catastrofista que nos están intentado meter, envenenar diría, a costa de machaconas medio-verdades e incluso mentiras. Y menos aún dejando que los jóvenes se estén viniendo abajo y los mayores les ayudemos a ello con predicciones catastrofistas. Todo, en esta vida, tiene solución y esos jóvenes son los que tienen que encontrarla y llevarla a cabo. Y nosotros, los mayores, tenemos que ayudarles más con consejos optimistas que con dinero, aunque me temo que las dos cosas son necesarias.

No es fácil ser optimista después de estas reflexiones, pero lo intentaré. A lo largo de nuestra reciente historia y diría incluso de nuestra vida hemos estado en peores crisis, muchísimo peores que esta. Y el que piense lo contrario debería refrescar su memora. Y hemos salido adelante. ¿Por qué no va a pasar lo mismo ahora? Quizá sea un poco más difícil porque, ya lo he dicho, esta crisis viene de lejos, de lugares y responsables desconocidos, y nuestros gobernantes son poco más que títeres de unas manos invisibles. Pero si conseguimos aprender la lección dominaremos la situación y conseguiremos crear, re-crear más bien,  nuestro mundo de bienestar, eso si, que sepamos que es nuestro, no de ‘ellos’.

Tag(s) : #Sociedad

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