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MIEL Y DUCHA FRÍA

Tanto la miel como la ducha fría siempre han gozado de buena reputación dentro de lo que se suele llamar medicina preventiva y popular. Tengo cierta experiencia en el uso de los dos remedios por lo que me he propuesto hacer un comentario sobre sus virtudes

De la miel poco o nada malo se puede decir, más bien todo lo contrario, todo lo que se habla o escribe sobre la misma son bondades altamente satisfactorias. Se habla incluso de las diversas cualidades dependiendo de cada tipo de miel según donde se haya cultivado y sobre todo del tipo de flores en que las abejas hayan libado el néctar. Solo hay que “googlear” un poco y nuestra curiosidad quedará más que satisfecha.

Yo empecé a usarla con frecuencia diaria hace muchos años.  No recuerdo qué fue lo que me incitó o me ayudó a su consumo. Sí recuerdo que un compañero de trabajo la cultivaba en plan artesano y en una ocasión me regaló un tarro y seguido le seguí comprando mientras seguimos de compañeros. Quizá ese fue el principio. Pero lo que si recuerdo es que yo solía tener bastantes mucosidades y como me informé que una de las virtudes de la miel es que favorece los bronquios asocié que la miel me podría venir bien para evitar mocos y catarros y creo que lo conseguí. Al poco tiempo aprecié las bondades y enseguida me bajaron las cantidades de mocos así como la falta de gripes y resfriados en general.

Como he dicho llevo muchos años usándola y con lo poco que cuesta echar una cucharada de café al desayuno lo seguiré haciendo. Además dada mi condición de laringectomizado la ausencia de mocos significa que las ventajas se multiplican. Suelo usar miel de brezo que dicen es la mejor para estos casos, pero personalmente no le doy demasiada importancia.

Lo de la ducha fría viene de mucho antes. Nunca he tenido reparos en que ese fluido fresco bañe mi cuerpo. Recuerdo con mucha nitidez una anécdota que me pasó cuando tenía unos 14 años. Como castigo por alguna travesura (creo que por chillar durante la ducha) me obligaron a estar bajo el chorro frío del agua, chorro que no esparcido, durante un buen rato. La caída del agua fría sobre mi cabeza me produjo un fuerte malestar por la potencia con que caía, y eso quizá hizo que apenas notase el frío. No se si fue eso o qué pero el hecho es que perdí todo miedo al agua fría. A lo mejor lo hice por despecho. A esas edades cualquier cosa es posible.

Otro recuerdo al respecto, también lejano, es que haciendo la mili siempre que podía me duchaba en un cuarto individual reservado a los suboficiales pero que casi nadie usaba porque no tenía opción al agua caliente. No estaba permitido pero tampoco ponían demasiadas pegas si me veían. De modo que en cuanto podía la usaba en vez de la común de duchas corridas.

Fue mucho después cuando llegó a mi conocimiento que esta costumbre del agua fría era saludable para el cuerpo, sobre todo para prevenir resfriados y catarros. Seguramente fue a partir de entonces cuando  lo que hacía de modo esporádico se convirtió en costumbre o práctica diaria en cualquier época del año. No es que me duche solo con agua fría, normalmente no, solo que el último agua siempre es fría y me rocío todo el cuerpo. Es tanta la costumbre que si no lo hago noto que me falta algo, no quedo a gusto.

Ni la miel ni la ducha fría las tomo como medicina pero puedo asegurar que me han sido y me siguen siendo muy beneficiosas. Los resfriados casi ni recuerdo cuando he tenido alguno un poco fuerte. Ni siquiera cuando todos los de mi entorno lo tienen son capaces de contagiarme. Quizá no sea solo por eso, pero es que yo no tomo nada más, mejor dicho, nunca tomo medicinas para esos casos.

Animo a todos a practicar estas pequeñas disciplinas que además de baratas son eficaces. Lo de la ducha puede ser menos confortable pero todo es cuestión de costumbre. Se puede empezar por los brazos y los pies para ir extendiendo al resto del cuerpo. De cintura para abajo es muy llevadero.

Tag(s) : #Sociedad

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