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Terminé el anterior artículo valorando la importancia del libro en sí, o dicho de otro modo, del  valor de su lectura que es para lo que se escriben. A los pocos días, durante las recientes fiestas de Semana Santa, leyendo una novela me encontré con la siguiente frase: Te quemaré todos los malditos libros, ¿Me oyes?” puesta en boca airada de una hermana pobre e ignorante, como casi todos los pobres en la época y lugar en que se desarrolla dicha novela, Galicia en los años 50-60. Perdonadme que diga título y autor, pero es que el tema desarrollado en la misma nada tiene que ver con la cita entresacada. Solo que como acaba de escribir el anterior artículo no pude por menos que pensar en la importancia de la frase.

En el libro por antonomasia de la Lengua Española, El Quijote, ya se habla de la quema que las sobrinas del hidalgo hicieron de sus libros de caballería con el pretexto de que eran los culpables de todos sus males. Cervantes aprovechó muchos de sus relatos en este libro para criticar y satirizar muy sutilmente costumbres muy arraigadas entre las clases sociales que dominaban entonces, una de las cuales era la quema de libros a la menor sospecha. Y para esas clases sociales (prefiero no especificar) los libros eran perversos si estaban en manos que no fuesen las suyas, eran portadores de saberes que “los demás no estaban preparados para asimilar convenientemente”. Suerte tenían los que solo perdían los libros entre el fuego, la mayoría acompañaban a sus libros en el triste fin.

Este rEl Quijoteesentimiento contra los libros perduró durante siglos, hasta tiempos muy cercanos. Recuerdo perfectamente que el primer libro que compré fue El Quijote, de la Colección Austral, como el de la foto. Y cuando llegué a casa con él mi madre se quedó un tanto extraña o quizá asustada y me preguntó que si sabía si era bueno o malo. Ella siempre tuvo plena confianza en mí, pero el temor a los ‘malos libros’ estaba aún muy arraigado en las clases humildes en pleno siglo XX.

Esa aversión a los libros quizá haya remitido, pero no tanto hacia lo que representan. Cada vez que oigo a un padre decir que “para qué van a estudiar mis hijos, total para ir al paro no hacen falta estudios”, es como si en ese momento estallara una hoguera frente a mí, alimentada con los libros tan odiados por tantas generaciones. Y eso ocurre también en el siglo XXI, en nuestros días presentes.

No se ha hecho, que yo sepa, un monumento a esos ‘sabios’ que luchando Alvarezcontra viento y marea, contra incomprensión y zancadillas, partiendo de falta de medios, de tiempo y de apoyos, consiguieron llegar a la cúspide del saber, al amor a la lectura, partiendo en muchos casos de la muy famosa y nunca bien ponderada “Enciclopedia Álvarez”. Algunos apoyados por sus previsores padres y familiares, otros a pesar de su oposición u obstrucción y la mayoría robando tiempo al sueño y a la diversión, muchos fueron los que gracias a este libro y a esforzados maestros consiguieron dejar de ser unos analfabetos más al servicio de la clase pudiente y dominante. “Para servir cuanto menos se sepa mejor”, seguro que pensaban estos últimos. Pues muchos de esos héroes de la cultura están entre nosotros y sobre todo entre nuestros padres.

La quema de libros ha sido una costumbre muy arraiga a lo largo de la historia por parte del fanatismo, de todo tipo de fanatismo. Hoy en día no hay noticias al respecto, pero cada vez que un libro o publicación en general es prohibida se parece mucho a cuando era quemada. Y cada vez que, tanto la lectura como el estudio, son obstruidos, prohibidos o incluso minusvalorados es también el fuego el que está en medio.

El Quijote en su grandeza y la EnciclopediaÁlvarez en su humildad son dos grandes monumentos de la cultura en español. Ya solo falta el monumento ‘al lector prohibido’, a ese que a pesar de todos los pesares consumió subirse al carro de la cultura.

Tag(s) : #Sociedad

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