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PRIMERO YO
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 “La caridad bien entendida empieza por uno mismo”

Es un proverbio antiguo y muy conocido que dice una gran verdad pero que no siempre lo tenemos en cuenta a la hora de trabajar por el bienestar de nuestros prójimos, tanto si son de la familia o círculos cercanos como si son totalmente ajenos a nuestro entorno.

En alguna ocasión he escrito sobre la necesidad de conocernos a nosotros mismos sobre todo para poder saber hasta dónde podemos y debemos llegar. Con mucha frecuencia nos encontramos con personas que por cuidar a otros, casi siempre familiares, se descuidan y terminan por tener que ser cuidados. Si es que se llega a tiempo, que esa es otra, porque puede ocurrir que estamos tan obsesionados con cuidar que ni nosotros ni nadie se da cuenta de lo que nos puede estar pasando.

Hay unas circunstancias muy concretas en que esto pasa con demasiada frecuencia. Se trata de las personas que tienen que cuidar a pacientes con alzhéimer, casi siempre sus parejas, tanto en hombre como mujeres. Conozco muchos casos, demasiados, que la persona cuidadora termina con graves problemas de salud, casi siempre del corazón, con consecuencias trágicas. No voy a entrar en detalles concretos y hasta personales, pero “haberlos hailos”.

Con este comentario no quiero influir en favorecer el egoísmo personal de mirar solo por nosotros mismos y olvidarnos de los demás, ni mucho menos, pero es fácil de comprender que si nos excedemos en ayudar por encima de nuestras posibilidades y dejamos de pensar en nosotros puede ocurrir que terminemos por crear una nueva necesidad, el tener que ser ayudados, o peor aún, que agotados lo tengamos que dejar para siempre. Es trágico, pero real.

Hay grupos de voluntariados de todo tipo, tanto para ayudar a enfermos, que es el tema del que estoy tratando, como de enseñanza en lugares del tercer mundo (hasta no hace demasiado tiempo también en nuestros ambientes) o colaborar en reconstrucciones, etc. etc. Incluso en esos grupos de semi-profesionales se cuidan mucho de no agotar los recursos humanos, de hacer descansar a las personas, de pasar por periodos de recuperación para luego poder seguir.

Un error muy extendido es que pensamos que nadie mejor que nosotros, sus hijos o parejas, para cuidar a los seres queridos. Y no siempre es así. Por dos razones principales, primero porque hay cosas que es mejor dejar en manos de profesionales y segundo porque nuestra salud puede resentirse tanto física como, sobre todo, anímicamente. Una persona no preparada debidamente puede sufrir graves contratiempos tratando de manejar, por ejemplo, un cuerpo inerte. El resultado final puede ser que tanto el paciente, por no recibir el cuidado debidamente administrado, como el ayudante que terminará cansado y desilusionado cuando no lesionado. A veces la simple presencia acompañada de cariño es más ayuda que la física si está mal suministrada.

Siempre he defendido que ayudando a los demás nos ayudamos a nosotros mismos, o dicho de otra manera, “ayuda mutua”. Así llamé este blog en sus principios hace ya unos años y mi manera de pensar no ha cambiado. Con este comentario solo quisiera explicar los beneficios de racionalizar esta ayuda para que no nos agotemos antes de tiempo, que no nos quememos en el desarrollo de esa labor tan fructífera como es apoyar a quien lo necesita empleando en ello, sobre todo, nuestros conocimientos y experiencia.

Tag(s) : #Sociedad
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