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Mente

Este título puede llevar a engaño, puede parecer demasiado pretencioso e incluso despertar reprobación o aversión. Os puedo asegurar que no hay razones para ello.. Enseguida lo veremos. Lo que a continuación voy a decir está basado solo y exclusivamente en mis experiencias en el aprendizaje del habla esofágica. Seguro que puede servir a otros, sean laringectomizados o no, pero, repito, solo es una explicación de mis experiencias.

Todos los laringectomizados sabemos lo mucho que cuesta empezar a sacar las primeras silabas, cuando el monitor, con insistencia machacona y no siempre efectiva, nos incita a hacer la inyección y soltar el, al principio, eructo. A mi me llamaba la atención, sobre todo, cuando nos decía que eso lo teníamos en la cabeza, que solo era cuestión de sacarlo. ¡Si, en la cabeza, faltaría más! Pues parece que razón no le faltaba.

Yo halaba bastante bien, con palabras largas sin cortarlas y frases cortas seguidas, pero mi voz era muy débil y no progresaba por mucho que lo intentaba. Por consejo de un amigo fui a la consulta de un foniatra, Dr. Borragan, que después de mirarme y ver que no tenía ningún problema físico me explicó lo que me pasaba. No hacía la inyección bien, el aire no entraba en el esfínter esofágico, o entraba poco. Me lo explicó y lo entendí perfectamente, aunque algo así ya sabía porque me lo había explicado la logopeda. Pero eso, para mi, significaba casi como empezar de nuevo, es decir, otro año de duro aprendizaje empezando por la PA, PE, PI, PO, PU.

Durante esa temporada me pasaba una casa curiosa, yo tenía dos voces perfectamente diferenciadas. La antigua, suave pero seguida, y la nueva, más fuerte pero cortando las palabras. Y así me defendía, unas veces con una voz y otras con la otra aunque normalmente me era más cómoda la voz antigua. En la segunda al foniatra pronto me cortó ese inútil ejercicio y me dijo que me olvidase de la voz antigua, que cada vez que me saliese tenía que autoconvencerse de utilizar la nueva, aunque  cortase la palabras y se oyese peor.

Me lo explicó de tal manera que nada me costó llevarlo a la práctica y cada vez que me salía la voz más cómoda mi mente me llevaba a rechazarla y utilizar la nueva, más costosa pero con mejor porvenir. Y el poder de la mente ganó. Enseguida mi antigua voz se me olvidó y la nueva voz se convirtió en única.

Otra enseñanza aún más significativa me dio un tiempo después. Ya hablaba bastante bien pero tenía un defecto que no acaba de superar, el ‘glug’ que solemos hacer cuando hacemos la inyección. No lo hacía siempre, solo cuando intentaba sacar más voz, hacerme oír un poco más. Hacia más fuerza y eso ocasionaba el ruidito desagradable que tratábamos de evitar. Me dijo que cada vez que notase que me salía hiciese como un retroceso para hacerlo  bien, para evitar el molesto ‘glug’. Podría parecer difícil pero me resultó muy sencillo de cumplir y así ha debido de ser. La última vez que estuve con él fue una de las cosas que me dijo, que no se me notaba el ‘glug’ Le contesté que lo tenía superado, que ni me enteraba de cuando lo hacía o no. Sin darme cuanta había convertido una obligación en una rutina, un defecto en una virtud. Otra vez el poder de la mente había triunfado.

Ahora, esta vez sin decirme nada expresamente, ando tras otro proyecto. Cuando hablo en calma mi voz es fuerte y sonora, pero cuando me pongo nervioso y quiero hablar más deprisa de lo que puedo la voz se convierte en débil e insegura. Mi propósito es ‘retroceder’ con mi mente y conseguir frenar el impulso de correr para conseguir la voz buena, sonora e inteligible. Y retroceder no es volver a tras y repetir, a veces igual si, sino más bien concienciarme de que así no está bien, que la próxima debe ser: como la mente me indica. En ello ando, a ver si también esta vez vence el poder de la mente.

Yo creo que esta vez me va a costar un poco más.

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Tag(s) : #Laringectomía
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