A lo largo de la vida se dan ocasiones en que tenemos que cambiar muchos aspectos de nuestra vida y a veces hasta esta misma. La existencia del ser humano conlleva cambios imprescindibles para seguir viviendo, no se entiende la existencia de la vida sin cambios que nos hacen seguir avanzando y creciendo tanto física como mentalmente. Adaptarse a ellos es una de las primeras cosas que aprendemos y tanto mejor nos irá cuanto mejor sepamos asimilarlos.
Hay unas circunstancias especialmente dramáticas que nos llevan a tener que dar un cambio tal en nuestra vida que nos hace pensar que hemos nacido de nuevo. Con cierto sentido de humor solemos decir que celebramos dos veces, o quizá más, nuestros cumpleaños.
El cáncer suele llegar acompañado de estos cambios, de los más grandes y dolorosos cambios que la vida nos reserva desde que nacemos. Los hay de todo tipo pero todos conllevan que parte de nuestra vida queda truncada en tan poco tiempo que rara vez nos permite una mínima adaptación desde que llama a nuestra puerta hasta que debemos afrontarlo sin más remedio ni otra solución que la que dicte el mismo cáncer. Es como si un proyectil de una gran catapulta cayese sobre nosotros.
Empezamos por perder nuestra estabilidad moral, social y hasta física. Todo flaquea en nuestro rededor y sin saber qué exactamente ni mucho menos que podemos hacer para solucionarlo o al menos mitigarlo. De nada sirven los consejos llenos de cariño de nuestros allegados ni las indicaciones sabias de los médicos o los informes que sigilosamente robamos a nuestros ordenadores ni siquiera las burbujas de optimismo que nos regalan afectados que ya han pasado por similar calvario.
Cada proceso cancerígeno tiene su dolorosa tribulación lo mismo que cada paciente lo soporta de muy diversas maneras. Me voy a tomar la libertad de desahogarme contando los caminos y veredas por lo que he pasado yo hasta llegar a sobreponerme a mis dos cánceres.
El primero fue hace ya bastantes años, más 10, a una edad en que uno espera todo menos que tus últimos años de vida laboral y primeros de reposo se conviertan en la peor pesadilla que la vida te pueda deparar.
En los preámbulos del cáncer empecé por perder potencia en mi voz y ganar nervios y estrés no se cuanto de cada cual pero mucho de los dos. Empecé a pensar en todo lo imaginable pero con el optimismo de no esperar lo peor desde el primer día. Pero esa confianza no tardo en desaparecer el día que me aprendí una palabra que me ha estado acompañando desde entonces: LARINGECTOMÍA. Y lloré. Lloré sin saber que sería la última vez que podría hacerlo. Porque hasta eso se pierde, el llanto y la risa, también reír queda fuera de nuestro alcance. Llorar y reír con ganas. Se va junto con el habla aunque pocas veces lo tenemos en cuenta.
Lo que más dolió fue tener que despertarte después de un montón de horas de anestesia y solo poder respirar, sin la menor opción de desahogarte como los humanos sabemos hacerlo, con nuestra risa, nuestro llanto, con nuestra voz. Una cariñosa enfermera me dijo que me durmiese pensando en algo bonito, que ese último pensamiento es el que me acompañaría en el despertar. No sé en qué pensé al dormir pero si se que al despertarme lo primero que hice fue intentar hablar, comprobar que lo que me habían dicho de perder la voz a lo mejor no era verdad, a lo mejor se habían confundido y mi voz seguía en su sitio. No, no se habían confundido.
Otras cosas se quedaron en ese sueño profundo que llaman anestesia. Sobre todo se quedó esa confianza en mí mismo que hasta ese momento que había acompañado, esa sonrisa fresca y sincera, esas ganas de meterme en la ducha o baño o luchar con las olas del Cantábrica que tanto me gustaba. Hasta saludar a esa multitud de amigos y conocidos que encontraba por la calle me costaba. ¡Y qué les digo, si no puedo hablar!
Muchas, muchas fueron las pérdidas… Algunas he ido recuperando, casi todas, aunque no son las mismas y algunas ni parecidas y no puedo dejar en el olvido el precio que he tenido que pagar. No es bueno olvidar, siempre y cuando el recuerdo no nos aplaste. Sirve para seguir adelante e incluso para ayudar a otros a que nos acompañen en este camino.
Pero el fantasma del cáncer no me ha dejado olvidado y hace poco ha regresado con nombre de PRÓSTATA para volver a replantearme todo lo que creía superado. La experiencia me ha servido de poco a la hora de afrontarlo, y es que como he dicho antes cada cáncer se distinto. Solo el miedo es el mismo. Un miedo que viene para llevarse, otra vez, esa seguridad en mi mismo, esa tranquilidad que nos da la salud, el sueño reparador y relajante, y tantas cosas que ni sabemos que tenemos hasta que nos las quitan.
“¿Pero con lo que has pasado y tienes miedo al cáncer?”, me dijo la doctora portadora de la mala noticia.
“Precisamente por eso, por lo que he pasado tengo más miedo”, comenté.
“Conozco a dos amigos a los que este cáncer los ha llevado de este mundo y tengo otro que vive con permiso del enterrador”, con cierto sentido del humor, y es que todo era muy reciente y el tipo de cáncer el mismo
El final del proceso de este cáncer ha sido tan distinto al anterior, la laringectomía, que me resulta extraño hablar de dos cánceres. El proceso cancerígeno apenas había empezado, lo extirparon limpiamente con los últimos y mejores avances de la tecnología médica y la recuperación muy rápida y sin secuelas, al menos aparentes.
Pero me ha quedado el miedo, otro distinto, otro más. Con todas sus consecuencias. Un miedo a un cáncer que ni siquiera sé su nombre, ni si llegará.
Y si viene, ¿podré superarlo?
/image%2F1178936%2F20141228%2Fob_d722cf_unamuno-y-yo.jpg)
