En estos días ha caído en mis manos un artículo hablando del dolor pero de un modo que me ha llamado la atención por su singularidad. El artículo se titula “Los insultos duelen. Literalmente”. Pero si el título ya es un tanto llamativo mucho más me resultó un subtítulo que dice así: “Hablar de un mal aumenta el dolor". El área cerebral que lo controla se activa con palabras como ‘atroz’ o ‘punzada’. Realmente curioso, había que leerlo.
Según el articulista, citando fuentes científicas, las palabras pueden crear un dolor real, físico. Las de desprecio, rechazo, insultos, etc. activan las mismas zonas que las del dolor físico, pinchazo, golpe, etc. Por ejemplo, cuando nos van a poner una inyección, decir “esto te va a doler” hace que el dolor empiece en ese mismo momento aumentando incluso el posterior dolor provocado por el pinchazo.
He sacado dos lecciones prácticas, la primera se basa en la importancia que tiene la manera con que los profesionales enfoquen nuestros males. A veces tratan de mejorar nuestra aceptación del problema contándonos lo que nos va a pasar de manera cruda y detallada y eso parece ser que puede ser más perjudicial que beneficioso en cuanto al dolor se refiere. La segunda sería que cuanto más hablemos de dolores y molestias más nos molestarán.
Por otra parte se puede decir las 'frases hechas': “me ha partido el corazón” o “puñalada por la espalda” o “me duele como si me lo hubiese hecho a mi” y otras tantas y tantas frases similares pueden tener un valor real, es decir, que ese sentimiento de malestar es auténtico dolor real.
Conclusión, que será mejor hablar poco de nuestros males y escuchemos los de los demás con el mayor escepticismo posible. A mi personalmente nunca me ha gustado hablar de mis dolencias ni ‘refocilarme’ en ellas. Los hay que parece que hasta lo pasan bien contando con todo tipo de detalles cualquier padecimiento que hayan tenido. Pues si el artículo está en lo cierto sufren dos veces, aunque no se si será del todo verdad, tal como lo suelen contar, en algunos casos, parece que hasta disfrutan.
Siempre ha sido muy difícil discernir cuándo una persona tiene realmente dolor y cuando no y qué cantidad de dolor tiene una u otra persona y eso supongo que por muchos estudios que se hagan seguirá igual.
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