Para un laringectomizado la voz, nuestra voz, se convierte en lo más importante de nuestra vida. Al principio podemos llegar a pensar, al menos los médicos nos lo intentan hacer comprender, que lo más importante es salvar la vida. Y seguramente tienen razón, y sin seguramente, TIENEN RAZÓN, pero una vez superado ese primer momento, la voz se convierte en nuestro objetivo a conseguir. Duro, muy duro, hemos hablado de ello muchas veces. Nuestro amigo Ramón, con su sabia y bella poesía, lo describió así:
Que cruel es el silencio, cuando mi boca
Trata de gritar para espantar los miedos.
(Lagrimas en el papel, pg. 36)
Pero hoy no voy a hablar de los problemas del habla o de cómo conseguir hablar. Hoy solo voy a comentar un aspecto que puede pasarnos desapercibido pero que tiene cierta importancia. Se trata de que cuando empezamos a hablar, sobre todo, puede ocurrir que las palabras las pronunciemos a medias, mal deletreadas y con el final débil o mudo. Es normal, es lo que suele ocurrir, estamos aprendiendo.
El problema puede venir cuando nosotros no nos damos cuenta suficientemente de estos defectos y creemos haber dicho algo que nuestro interlocutor no ha podido captar. Lo normal, es lo que suele ocurrir, es que no diga nada y de ese modo él no se entera y nosotros no nos corregimos. Además nuestros oídos son muy fáciles de engañar, en nuestra intención y en nuestro interior lo pronunciamos bien pero no es del todo verdad. Si se me permite la comparación es como si hablásemos en sueños. La mayoría, o quizá todos, cuando soñamos lo hacemos como si nada nos hubiese pasado o que aunque en el sueño nos sintamos laringectomizados sin embargo hablamos perfectamente y todo el mundo nos entiende. Pues algo así es lo que puede ocurrir, no siempre por supuesto, que creemos que porque sacamos voz hablamos bien pero ni pronunciamos bien ni lo hacemos con suficiente potencia, por lo que los demás no nos entienden suficientemente claro y preciso. Confieso que a mi me ha pasado y bastante.
Esto mismo puede pasar, suele pasar, a cualquiera y con más frecuencia del que creemos. Me refiero a personas que hablan perfectamente bien, sin los problemas nuestros, pero que no siempre se les entiende a la primera. Bien porque hablan muy deprisa, porque lo hacen muy suave o por cualquier otra razón. Solo que en el caso de los laringectomizados nos afecta con más frecuencia.
Lo ideal sería que si no nos entienden nos preguntasen, que nos dijesen que no nos han entendido, pero sabemos que no siempre es así, por lo que debemos estar atentos para ser capaces de saber si nos han entendido o no para repetirlo. Con el tiempo este problema tiende a desaparecer. Lo primero es que conseguimos mejor voz y más potente y lo segundo que nuestra experiencia nos dice quién y cuando nos han entendido y cuando no. En nosotros estará el que lo repitamos y nos olvidemos si no merece la pena.
Algo así ocurre cuando estamos en ambientes multitudinarios y ruidosos, solo que en estos casos la solución no está en nuestras manos, bueno, en nueva voz, sino en los ruidos de los demás. Aquí si que nada podemos hacer.
No puede terminar este comentario sin decir que, por encima de todo, no nos tenemos que cortar nunca, siempre es mejor decirlo a medias que no decirlo. Hablar es, sin lugar a dudas, el mejor ejercicio para conseguir precisamente eso, hablar. Aprender entre compañeros “laris” para perfeccionarlo con los “bien parlantes”.
Ya solo un consejo, no mío sino del Dr. Alfonso Borragán. Suele decir que debemos esforzarnos por hablar también en esos ambientes ruidosos para conseguir más potencia de voz y seguridad en nosotros mismos.
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