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LOS SONIDOS DEL ECO
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     Hace poco vi, en Facebook, un magnifico vídeo en que se narraba el regalo que dos hijos hacían a sus padres, invidente uno y con una visión muy pequeña el otro, es decir, ciegos los dos al fin y al cabo, El regalo consistía en darles lo que ellos mejor podían valorar, es decir, disfrutar de los 4 sentidos restantes.
     Viene esto al caso porque desde hace tiempo que me doy cuenta de la enorme diferencia que hay entre poder hablar de unos sitios u otros. Cada uno nos preocupamos y vemos los problemas que más directamente nos afecta. Una persona con voz normal apenas se da cuenta, sencillamente grita más para que se le oiga y como casi siempre lo consigue pues se acabó el problema. Pero para un laringectomizados que no puede gritar e incluso el simple hecho de hablar ya es un sacrificio y a veces un problema, es tremendamente llamativo notar cómo en unos sitios y en circunstancias similares podemos hablar  muy bien y en otros muy mal o sencillamente no podemos.
      Lo empecé a notar sobre todo en una bar para jubilados al que de cuando en cuanto me acerco. Es un local nuevo, espacioso y con bastante altura. Es decir, que en teoría está preparado para albergar un buen número de personas sin agobios de ningún tipo. Nada más lejos de la realidad. Bueno, sitio sí que tiene, a ‘ojo de buen cubero’ calculo que pueden estar más de 50 personas sentadas y en barra. Otra cosa distinta es en cuanto a los sonidos. Si está lleno o casi lleno es normal que haya que gritar, bueno no tiene porqué pero es que estamos en España. Pero lo extraño, lo que me llama la atención, es que con 2-4 personas que hablen se prepara un volumen de sonido como si estuviese lleno. Es más, aún estando solo o los presentes en silencio, al hablar parece como si el espacio me comiese mis propias palabras. Algo más, se oye perfectamente a los que hablan de extremo a extremo pero es imposible poder distinguir ni una sola palabra.
     Otra experiencia similar y más completa me ha pasado hace poco, en una reunión de antiguos compañeros. Dos lugares del mismo recinto me llamaron la atención en el aspecto que estoy tratando. Una sala grande y de unos 3 ms. de altura donde se podía hablar perfectamente sin ningún tipo de problemas por mi parte, incluso con música de fondo. Daba gusto. Tenía el amplificador de voz y lo use, pero apenas si me hacía falta. Otro lugar era el comedor, también muy espacioso y unos 5 ms. de alto, donde cualquier voz, por suave que fuese, me impedía ‘meter baza’ hasta llegar a sentirme agobiado en pocos minutos.
     Esto mismo suele pasar con mucha frecuencia en los restaurantes o bares. Sobre todo en Restaurante. En unos se puede hablar sin que los vecinos nos molesten prácticamente nada mientras que en otros no es posible articular palabra sin que ello suponga un gran esfuerzo. A veces ni con eso.
      Eso, amigos míos, son el efectos del ECO.
     En mis tiempos de estudiante recuerdo haber recibido alguna noción de los efectos del eco en, sobre todo, iglesias y teatros. Del cuidado que los arquitectos debían poner para conseguir una buna acústica. Es esencial que la tengan para que las celebraciones y actos se puedan oír lo más perfectamente posible. Son grandes edificios pertenecientes a importantes empresarios u organizaciones, es decir, que se lo pueden permitir.
     Pero en otros lugares públicos de menor estamento no es tan fácil pedir que se esmeren en conseguirlo. Seguramente es pedir demasiado aunque no creo que sea demasiado complicado. A veces solo con unas paredes un poco acolchonadas o unos muebles estratégicamente colocados e incluso unas simples cortinas pueden hacer el efecto necesario para poder hablar sin tener que gritar. Y para que nosotros, los laringectomizados, podamos hacer y seguir conversaciones sin demasiado esfuerzo.
     También, quizá, sería demasiado pedir que, lo mismo que hay categoría de bares y sobre todo restaurantes con sus tenedores o estrellas Michelin, hubiese también categorías, valorando el efecto acústico. No, eso sería pedir demasiado. Pero lo que si podemos hacer nosotros, los afectados, es crearnos una lista, aunque solo sea en la cabeza, con la valoración de los mejores y peores bares y restaurantes valorando no solo el servicio y la comida sino también el ambiente acústico. No es mucho pedir, ¿verdad?
     Otro objetivo a conseguir es no “cortarnos” a la hora de pedir que bajen el volumen de la televisión (que por cierto nadie mira ni oye) y el de la música, que puede estar muy bien pero a nosotros nos perjudica mucho. En Palma de Mallorca ya lo hicimos cuando, un grupo de los que allí asistimos, paramos a comer en la zona de Porto Pi. Pedimos, por favor, que bajase la música y con toda amabilidad el camarero la apagó. “No tenéis que dar explicaciones, dijo, están bien a las claras”.
     No recuerdo el nombre del restaurante pero del lugar no me olvidaré.
Tag(s) : #Laringectomía
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