Es indiscutible que la mejor manera de atajar y curar una enfermedad es a través de los hospitales. En ellos se concentran los mejores medios a nuestro servicio y a través de ellos la manera más rápida de que nos apliquen todo lo necesario, tanto en observación y estudio como en aplicación de los medios para sanar.
Pero qué tristes y aburridas se pasan las horas y los días. Y eso en el mejor de los casos cuando disponemos de una sola cama en la habitación o tenemos compañía que hagan un poco más amenas las horas interminables. Porque cuando nos toca la mala suerte de compañías poco agradables hay mil maneras de hacernos la estancia mucho más pesada y hasta enfermiza. No suele ocurrir muy a menudo pero soy testigo directo de que “haberlo haylo”.
Escribo desde el Hospital de Basurto en Bilbao que tiene la ventaja de disponer de diversos edificios separados por paseos y jardines. Pero estos días hace frío y llueve bastante. Una pena porque con buen tiempo, unos paseos cortos protegidos por unos rayos de sol casi furtivos nos hacen hasta olvidar para qué estamos aquí encerrados y sujetos a una cama, presos de unas encantadoras enfermeras.
Los primeros días, antes de dejarnos atrapar por el aburrimiento y la bulimia, presos aún del mal que nos hace olvidar todo lo demás, las horas y los días se hacen como más cortos. No digo mejores porque no lo son, pero si cortos. Bastante tenemos con nuestros dolores, molestares, fiebres… Pero según esos males desaparecen o amainan, otro mal empieza a consumirnos, un mal inexistente que se llama algo así como añoranza de nuestro hogar.
Todo y todos nos dicen que como aquí en ningún sitio, que mejor curar del todo antes de abandonar esta cárcel del algodón y nuestra razón también se hace cómplice de esas ideas pero en cambio nuestro cuerpo clama por la libertad y el calor de nuestro hogar.
Cada día todo un ejército del elenco hospitalario nos agasaja con sus visitas de limpieza, de comida a domicilio, de información y cura de nuestros males, atención a preguntas y hasta de sonrisas y buenas palabras. Pero nada no libra de esa añoranza por lo nuestro, por nuestra casa y por nuestro hogar. Hasta las visitas de familiares y amigos se linean en el bando de vigilantes de la salud y nos quedan solos con nuestro aburrimiento y desgana.
Hay tres etapas muy diferencias aunque no sé cuál de ellas nos es más favorable. La primera empieza con los primeros rayos de luz o de sol, depende, cuando nos someten a una serie de tormentos sanitarios empezando por despertarnos con alguna medicina, tomas de temperatura y tensión siguiendo con el desayuno (esto no es nada malo) la limpieza y cambio de ropa dejándonos un rato, no mucho, para nuestro aseo personal. Le sigue el desfile de enfermeras, médicos y acompañantes para decirnos lo sanos que estamos pero que de dejarnos ir para casa que hay que esperar. Y así se pasa la mañana, casi siempre muy movidita, casi como un barco en marejada.
T ras la comida y un poco de siesta es como si la tranquilidad hubiese ganado la guerra pacífica a la movida mañanera. Tranquilidad solo rota por las visitas que a eso me media tarde empiezan a llenar los pasillos y habitaciones de personas y voces no siempre del agrado de los visitados y menos de sus vecinos. Siempre son bien venidos a pesar de todo. La buena voluntad prevalece sobre las posibles molestias.
Y con el anochecer amenazando a la claridad de la tarde empieza la última y más larga etapa del día hospitalario. La noche ha llegado y la cena nos dice que hay que refugiarse en nuestras habitaciones entre las blancas sábanas y esperar que el sueño no tarde mucho en meterse en nuestros cuerpos y que las personas menos favorecidas no les dé por llamar a sus olvidados seres queridos y que las amables enfermeras no nos despierten en el mejor sueño para darnos ese medicina que nos sana pero nos corta la felicidad del soñar.
Y pronto empieza el nuevo días con sus viejas rutinas y los aburrimientos de siempre pero con nuevas y más grandes de que nos dejan marchar a nuestra casa. Sanos, eso sí, pero en casa.
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